6.4.09

Buen finde

El olvido me parece necesario. La evasión me parece buena cosa. Sin embargo, durante toda mi vida me chocaron las costumbres sociales que usamos para evadirnos, me causaron y me causan repulsión. Jamás entendí a los que reciben el fin de semana como si fuera la panacea, a los que festejan con tanto entusiasmo la Navidad y el Año Nuevo, jamás comprenderé a los que se ahogan todos los sábados en alcohol y música estridente para olvidarse del lunes. Durante largos años la diversión para mí fue palabra maldita, asquerosa, viciada. Divertirse significaba olvidarse de la muerte, y quien se olvida de la muerte sistemáticamente no ama la vida y no puede aspirar a ningún grado de felicidad. Eso pensaba. Pero (ahora lo sé) lo que verdaderamente me hastía es cierto tipo de evasión: la que vive inmersa en el vacío, la que nos pasa por un espiral y nos exprime, la que nos chupa, la que podríamos llamar "evasión burguesa" si no fuera porque la diversión sea no digamos un invento burgués pero sí un síntoma de nuestra organización social. Soy de los que no pueden alegrarse los viernes porque siempre tienen el lunes presente. Dicho de otra manera: considero una hipocresía esa evasión de pacotilla, esa pseudo-liberación de dos días, y del mismo modo considero las salidas a boliches, el vómito mañanero, las peleas sofocantes y absurdas. Sólo creo en una evasión con sentido. Cuando una persona agarra un libro o se sienta en el cine a ver una película, no tengo dudas que lo hace para evadirse. Es más, sostengo que la función primigenia del arte es la evasión, esto es la separación del mundo cotidiano. La religión, bien vista, es la evasión de lo terrenal. Pero lo verdaderamente grandioso del arte es que en esa distracción el hombre se encuentra a sí mismo. Un libro de física o de economía no son la evasión de nada (aunque algunos sostengan la capacidad de abstracción que propina una ciencia como la matemática), pero una novela de Tolstoi nos sitúa en un lugar lejano del que estamos pisando, nos hace preocuparnos por personajes que no existen (en nuestra cotidianidad), y supericialmente visto sería lo mismo que la telenovela de las dos de la tarde. La diferencia es que el arte nos proporciona una distracción con sentido, con sustancia. Mientras la telenovela sólo incrementa (por lo menos en mí) el vacío de lo cotidiano que acecha al apagar el televisor o cambiar de canal, el arte nos lleva a replantearnos quiénes somos, cómo vivimos, adónde vamos, casi como sin querer la cosa. De ahí que muchos escritores o pintores sean tímidos, retraídos, asociales: sencillamente no encuentran en la realidad concreta una manera de expresarse y deciden evadirse y cambiar la realidad desde la ficción. El hecho de que la ficción tenga la capacidad de modificarnos e incluso modificar la realidad o por lo menos dar una fuerte opinión sobre ella no habla si no de la grandeza del arte. Por lo tanto, ir al cine a atragantarse de pochoclos y ver desesperadamente la última de Chuck Norris desmuestra un cinismo oculto desesperante, mientras que sentarse en la oscuridad de otro cine a ver un buen drama o una buena comedia y en el camino reencontrarse con ciertas verdades, aunque sean parciales, es otra cuestión totalmente distinta. Ambas comienzan en el mismo punto (la evasión), pero terminan en otro diferente, diametralmente opuesto. Este último tipo de distracción la considero fundamental para subsistir en un mundo agobiante y cruel, e incluso necesario para subsistir en cualquier mundo, para tolerar la angustia que conlleva el sólo hecho de vivir. Los Comechingones no se caracterizaban por tener precisamente holgadas rentas ni por disponer de muchos findes que disfrutar; su vida, como la de todas las sociedad primitivas, era dura, sacrificada, y sin embargo entre sus necesidades básicas ubicaban el arte, la pintura, se hacían un tiempito para ubicarse bajo un alero y evocar el mundo de todos los días pero desde otra perspectiva. Ahora bien, creo que el concepto mismo del fin de semana, y lo que éste implica (salidas, conciertos, amigos, alcohol, etc), está enfermo. Sólo alguien que no cree en nada, que está desesperadamente solo y acorbadado por su soledad, puede desear y ver tanta luminosidad en dos días aplastados por semanas y semanas de alienación. De alguna manera, y sin temor a que alguien me acuse de marxista (¡horror!), podríamos decir que el fin de semana ocupa hoy el lugar que la religión ocupaba en la Edad Media. Es el opio de los pueblos. Fíjense lo acertada que es la metáfora de Marx: el opio es un analgésico, un narcótico, te adormece, te seda, te emboba; en el siglo XIX los ingleses introducen el opio en China para ganar la guerra y vencer y adormecer a un pueblo entero, y lo que un obrero chino que se volvía adicto gastaba 2/3 de su sueldo en opio y dejaba a su familia en la miseria. No me gustan, entonces, las distracciones derivadas del opio. Y no sólo me gustan, si no que me parecen constituyentes para la educación y la formación de todo ser humano, las distracciones derivadas del arte. Me podrían objetar que, al fin y al cabo, ambas son evasiones y que para los poderosos, los que quieren que sigamos yendo el lunes a trabajar, es lo mismo que mires una de Truffaut que te chupen la tetilla en una bailanta re PRO. Estoy convencido que no, aunque (hay que decirlo) muchos entiendan el arte sólo como vía de escape y, pecado tristemente común de observar en estos tiempos, reduzcan una obra a un mero pasatiempo cool, a un entretenimiento vacuo, a una masturbación dolorosa. Pero ése es otro tema, contra el que sin dudas el arte verdadero debe luchar. Sin ir más lejos, se puede ir a un recital de rock durante un finde y salir cuajado por el olvido, en tal caso la función del arte (ir de la evasión a la verdad) no será cumplida, aunque sí la del pasatiempo. En mis últimas vacaciones, intentando alejarme, distraerme, me encontré a mí mismo; llevé una "lectura veraniega", un libro llamado "El entenado", así como para distraerme, y jamás olvidaré el placer y la conmooción que me dejó cuando lo cerré por última vez. Por eso, detesto el arte pretencioso, el que se postula a sí mismo como Gran Arte y se hace pensado para unos pocos. No es una postura populista, es tener en claro el concepto mismo y la finalidad del arte, que es empezar como si nada, humildemente, como un cuentito, y terminar demostrándonos que muchas veces la verdadera evasión es eso que llamamos realidad, pesadez mortuoria de lo cotidiano, eso que llamamos finde. El arte no sabe de días o de condiciones económicas ni de profesionalidades ni de talentos innatos. El arte es una necesidad, y así como bebemos agua deberíamos tenerlo presente siempre, para centrarnos en un mundo sin dios, sin finalidad, atosigado de presente y escapismo vacuo.

2 comentarios:

Cassandra Cross dijo...

Soy de las que esperan cada viernes con la alegría de disponer del tiempo para las cosas simples que me alimentan (libros, cine, música, aire libre), para compartir más tiempo con la persona que me alegra la vida, y también para disfrutar del silencio que dejan a su paso los que se evaden de noche, y me limpian las calles de día y de tarde para que pueda caminarlas en paz. Sin bocinas, sin alarmas, sin estridencias.

Así que creo que te entiendo.

Jerome dijo...

Quiero vivir en un mundo donde no haya que esperar al viernes para disfrutar de los libros, el cine, la música y el aire libre.

Es simplemente eso.

Saludos. Gracias por comentar.